Ochentas



Me llegó un mail de lo más estúpido y melancólico sobre los niños de los 70s y 80s pero no pude evitar acordarme de algunas cosas. Paso a anotarlas como ayudamemoria para cuando ataque mister Alzheimer (el mail va en azul, mis recuerdos, en verde):

“Andábamos en bicicleta sin casco, nos sacábamos la chucha y nos rompíamos las rodillas y las manos, y nuestros amigos se cagaban de la risa y ninguno se traumó”.
Hoy tengo cicactrices en las rodillas, en una pantorrilla, en el antebrazo y en la mano derecha. También una en la izquierda pero por jugar a la marca del indio.

“Los columpios eran de metal, con esquinas en punta y jugábamos a ver quien era el más bestia tratando de dar la vuelta completa”.
Sí, también traté. Una vez me quebré la clavícula tratando de imitar a Mary Poppins.

“Jugábamos al “palo mayor” al “caballito de bronce” y nadie sufrió hernias ni dislocaciones vertebrales”.

También jugué al “Zoo” y “Hoyito-Patá”.


“Salíamos de casa por la mañana, jugábamos todo el día, y sólo volvíamos cuando se encendían las luces de la calle. Nadie podía localizarnos. No había celulares, ni siquiera todos teníamos teléfono”.
Verdad, lo peor era que en verano oscurecía más tarde y había que “entrarse” cuando todavía podíamos seguir jugando. Era increíble quedarse a tomar once en la casa de los vecinos, sobre todo porque en algunas casas compraban tartaletas o mazapanes del Mozart. Siempre fue más rico el pan con mantequilla en otras casas.

“Nos rompíamos los huesos y los dientes y no había ninguna ley para demandar a los culpables. Nos abríamos la cabeza jugando a guerra de piedras y no pasaba nada, eran cosas de niños y se curaban con povidona yodada y unos puntos. Nadie a quién culpar, sólo a nosotros mismos.”
Muy cierto, povidona para todo y la novedad era el bialcol. Jamás me hicieron puntos, todo se curaba, en la casa y bastaba. También me quebré un diente y no recuerdo haber ido a ninguna posta de urgencia.

“Comíamos dulces y bebíamos jugos yupi, pero no éramos obesos. Si acaso alguno era gordo lo era y punto”.

Lo mejor era hacer helados con Flavoraid o Zip Zup, uno de esos traía los moldes. Otro jugo era el Zuko, pero que vendían en jarro de vidrio con mango naranjo. Aún hay casas que los usan.

“Compartimos botellas de bebidas o lo que se pudiera beber y nadie se contagió de nada”.

Yo compraba bebidas de 350 cc a $ 80, dulces de a peso y dulces de coca cola que valían $ 5.

“Hicimos juegos con palos, perdimos mil pelotas de fútbol. Bebíamos agua directamente de la llave, sin embotellar, y algunos incluso chupaban la llave. Íbamos a cazar lagartijas y
pájaros con la escopeta de perdigones”.
Las pelotas quedaban en el patio del vecino, matábamos babosas con sal, juntábamos chanchitos de tierra, metíamos bichos en alcohol. En el patio había una llave de agua llena de musgo y hongos, no me acuerdo de haber tomado agua más rica después de jugar horas al “Arco peleado”.

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